Exposición infantil a la violencia contra los animales: nuevas evidencias para la protección de la infancia y la prevención del suicidio

2026
Foto: L. Pennystan

Un nuevo estudio publicado en Frontiers in Psychiatry aporta nuevas evidencias sobre el impacto de la exposición infantil a la violencia contra los animales. La investigación relaciona esta experiencia con un mayor riesgo de conducta suicida en la edad adulta y refuerza la necesidad de reconocerla como un factor relevante para la protección de la infancia y la prevención. 

Investigaciones previas han demostrado que los niños y niñas expuestos al maltrato o a las amenazas dirigidas contra los animales presentan un mayor riesgo de sufrir dificultades psicológicas tanto durante la infancia como en la edad adulta. La exposición a la violencia contra los animales coexiste con frecuencia con el maltrato emocional, físico y sexual, así como con la exposición a la violencia doméstica. En conjunto, estas experiencias exponen a los niños y niñas a situaciones de amenaza, pérdida y daño moral, socavando su sensación de seguridad, su empatía y su capacidad para establecer relaciones seguras.

Un nuevo estudio de McDonald et al. (2026) amplía esta evidencia al analizar la relación entre la exposición infantil a la violencia dirigida contra los animales, junto con la violencia interpersonal, y la conducta suicida en la edad adulta. Utilizando datos de 1.072 personas adultas, los investigadores identificaron distintos perfiles de adversidad infantil en función de la exposición a la violencia interpersonal y a la violencia dirigida contra los animales.

El estudio constató que las personas que habían estado expuestas durante la infancia tanto a violencia interpersonal como a violencia dirigida contra los animales presentaban los niveles más elevados de depresión, ansiedad y estrés, confirmando investigaciones previas que ya habían asociado la coexistencia de ambas formas de violencia con un mayor malestar psicológico. Sobre la base de estos resultados, el estudio demostró además que este mismo grupo presentaba pensamientos suicidas significativamente más intensos y una mayor probabilidad de haber realizado un intento de suicidio que las personas expuestas únicamente a violencia interpersonal o aquellas con bajos niveles de adversidad infantil. Estas asociaciones se mantuvieron incluso tras controlar el malestar psicológico, el apoyo social y las variables sociodemográficas, lo que sugiere que la exposición infantil a la violencia contra los animales puede constituir un importante indicador de una adversidad evolutiva especialmente grave.

Los investigadores sostienen que la exposición de los niños y niñas a la violencia dirigida contra los animales constituye mucho más que una experiencia adversa adicional durante la infancia. Para muchos menores, los animales de compañía constituyen figuras de apego y una importante fuente de consuelo y seguridad emocional. Presenciar cómo un progenitor, cuidador u otro adulto de confianza maltrata o amenaza a un animal querido puede intensificar los sentimientos de miedo, indefensión, traición y daño moral, alterando aún más su sensación de seguridad, su desarrollo emocional y su capacidad para establecer vínculos seguros.

Un mayor riesgo de conducta suicida

Los autores sugieren además que la exposición crónica a entornos amenazantes puede alterar el desarrollo de la regulación emocional y de las habilidades de afrontamiento. Las experiencias adversas basadas en la amenaza se asocian con una mayor reactividad al estrés, dificultades para regular emociones intensas y una mayor tendencia a recurrir a estrategias de afrontamiento desadaptativas, como las autolesiones o el consumo de sustancias. Estos procesos podrían explicar por qué la exposición tanto a la violencia interpersonal como a la violencia dirigida contra los animales se asocia con un mayor riesgo de conducta suicida en la edad adulta, más allá de los efectos del malestar psicológico por sí solo.

Estos hallazgos tienen importantes implicaciones para los profesionales de la protección de la infancia, la salud, la salud mental, los servicios sociales, la educación, el ámbito jurídico y judicial, la medicina veterinaria y el bienestar animal. Las evaluaciones del trauma y del riesgo de suicidio rara vez incluyen preguntas sobre el daño o las amenazas dirigidas contra los animales. Incorporar de forma sistemática preguntas breves y específicas sobre la exposición infantil a la violencia dirigida contra los animales puede ayudar a identificar a personas con antecedentes de violencia grave y concurrente que, de otro modo, podrían pasar desapercibidas.

Los resultados refuerzan asimismo la necesidad de fortalecer la colaboración entre los servicios de protección de la infancia, los servicios de atención a la violencia doméstica, los profesionales de la salud mental, los veterinarios, las organizaciones de bienestar animal, los profesionales de la educación, los servicios sanitarios y el sistema de justicia. Reconocer la estrecha relación existente entre la violencia interpersonal y la violencia contra los animales puede mejorar la identificación temprana de niños y niñas que viven en entornos de alto riesgo y favorecer respuestas más coordinadas y multidisciplinares. La investigación subraya igualmente la importancia de adoptar enfoques de evaluación e intervención informados por el trauma y culturalmente sensibles.

Desde la perspectiva de la protección de la infancia y de los derechos de los niños y niñas, estos hallazgos refuerzan la urgente necesidad de impulsar reformas legislativas. CoPPA ha venido abogando por modificaciones del Código Penal y de la legislación relacionada que reconozcan expresamente el daño que sufren los niños y niñas como consecuencia de su exposición a la violencia contra los animales, ya sea presenciándola, siendo obligados a participar en ella o viéndose afectados directamente por la misma.

En este sentido, hemos presentado propuestas legislativas en España, Ecuador y Colombia dirigidas a incorporar este reconocimiento y reforzar la protección de la infancia. Estas reformas permitirían reconocer jurídicamente esta forma de victimización como una experiencia adversa significativa durante la infancia, reforzar la prevención al considerar la exposición a la violencia dirigida contra los animales como un factor de riesgo para el bienestar infantil y favorecer una identificación e intervención más tempranas por parte de los profesionales. Asimismo, contribuirían a proteger a los menores frente a la exposición continuada a la violencia, reducir el riesgo de revictimización derivado de la falta de reconocimiento de estos daños y promover respuestas más coordinadas entre los sistemas de protección de la infancia, justicia, educación, salud, medicina veterinaria y bienestar animal.

Más allá de los contextos de violencia familiar, estos hallazgos también invitan a los legisladores a considerar el impacto que tiene sobre los niños y niñas su exposición a otras formas organizadas o legalmente permitidas de violencia contra los animales, garantizando que el interés superior del menor, su desarrollo saludable y su derecho a ser protegido frente a toda forma de violencia queden plenamente reflejados en la legislación.

En conjunto, estos resultados respaldan la incorporación sistemática de preguntas sobre la exposición infantil a la violencia dirigida contra los animales en las entrevistas de historia de trauma y en las evaluaciones del riesgo de suicidio. Reconocer esta forma de adversidad, frecuentemente ignorada, puede fortalecer la protección de la infancia, mejorar la práctica multidisciplinar y contribuir a una prevención más eficaz del suicidio entre las personas supervivientes de experiencias complejas de violencia.

Estudio: McDonald SE, Tomlinson C, Freedenthal S, Bright CL, Malone A, Nicotera N, Kogan L, Van Buiten H, & Ford J. (2026). Childhood exposure to interpersonal and animal-directed violence: adversity profiles and adult suicidality. Frontiers in Psychiatry.

 

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