Agosto, 2019.

Niño se tapa los ojos asustado

Extractos ‘Violencia hacia animales y cultura de paz’ [1] CoPPA, 2019.

Extractos del informe de CoPPA «Violencia hacia los animales y cultura de paz», recogidos en un apartado de las alegaciones presentadas el pasado 28 de junio a la Administración Pública (Junta de Andalucía) por asociaciones españolas [2] compuestas por profesionales de la judicatura, la fiscalía, la abogacía y la defensa de los animales.

Las alegaciones fueron presentadas en el marco del expediente que busca otorgar a determinadas actividades de la caza mayor una protección especial a través de su inscripción como Bien de Interés Cultural. De ser aprobada, esta declaración fomentaría la cultura de la caza y favorecería la exposición de niños, niñas y adolescentes a dichas actividades.

La cultura de la caza y los menores de edad.
La perspectiva científica.

Las investigaciones resaltan el peligro de normalizar y socializar cualquier tipo de violencia y señalan la importancia de implementar políticas públicas empáticas y compasivas, que sean capaces de detener la violencia y su transmisión.

Las influencias del entorno y las fuerzas situacionales pueden superar las características y disposiciones individuales. Así, en aquellos entornos o grupos que aceptan más modalidades de violencia, las personas participan en agresiones con mayor frecuencia e intensidad que en aquellos donde predomina la desaprobación social hacia la violencia (Ramírez, 1996, citado en Ramírez, 2007).

La cultura juega un papel relevante en los niveles de violencia a la que los jóvenes están expuestos en su comunidad (Cooley, Turner & Beidel, 1995) y la agresión legalizada, tanto hacia personas como hacia animales, puede ejercer una influencia considerable sobre los niños y adolescentes y el desarrollo de estructuras cognitivas y comportamientos consecuentes (ej. Gullone, 2012). En este sentido, el alto nivel de violencia socialmente aceptable hacia los animales contribuye a aumentar la violencia considerada inaceptable (ej. Flynn, 2001; Plant et al., 2016).

Cada sociedad tiene sus normas y códigos de aceptación de determinadas formas de violencia en circunstancias específicas. Estas actitudes socio-normativas influyen tanto en la socialización de la agresión y el desarrollo de la empatía como en las dinámicas de la violencia en la vida social cotidiana (Bonino & Fraçzek, 1996).

La teoría de Derrame Cultural (Cultural Spillover) de la violencia de Baron y Straus sostiene que la violencia en un dominio o ámbito específico tiende a filtrarse o extenderse a otros dominios, también a aquellos donde no está aprobada (Baron & Straus, 1987; Baron et al., 1988).

En este mismo sentido, distintas investigaciones constatan que la violencia hacia animales que está amparada por la ley o las normas sociales suele ir acompañada de otras expresiones de violencia no autorizadas. Las manifestaciones y espectáculos de violencia contra animales crean un clima social y cultural de tolerancia o aceptación de la violencia que puede favorecer otras expresiones de violencia y conducta antisocial que afectan a las comunidades y a la sociedad.

Un estudio realizado por un equipo internacional de sociólogos y psicólogos en Rumanía investigó las ramificaciones en la sociedad de una cultura nacional que crea un ethos de «aceptabilidad del maltrato a animales» (Plant et al., 2016). El estudio halló que la cultura nacional fue un predictor significativo del maltrato a animales no autorizado y señaló una asociación significativa entre la exposición a la violencia doméstica y el maltrato a animales.

Los investigadores concluyeron que la cultura nacional puede establecer actitudes hacia los animales que fomentan su maltrato entre los miembros de la sociedad, y que en culturas con normas que aprueban la violencia contra animales, las personas suelen ser más propensas a usarla contra otros.

Por otra parte, en un estudio realizado en Canadá, Doherty y Hornosty (2008), hallaron que la cultura de armas y caza en zonas rurales es un factor de riesgo para la violencia hacia mujeres, niños, mascotas y animales de granja. La investigación reveló también que la presencia de armas de fuego puede servir para intimidar y silenciar a mujeres, incluso cuando las amenazas son indirectas o dirigidas hacia sus animales. Además, el marco cultural que normaliza las armas conduce a que se minimice la importancia de reportes de su uso indebido, lo que resulta en una falta de atención a la seguridad de las mujeres maltratadas y en la estigmatización de aquellas que se han atrevido a denunciar.

Entre las mujeres de hogares que tenían armas y mascotas, el 64% de las encuestadas expresó su preocupación de que las armas de fuego se usaran para dañar a su mascota. Casi el 40% admitió que sus hijos eran conscientes del maltrato animal, y entre las mujeres que habían indicado que su pareja había dañado o matado a un animal, el 60% reconoció que se mostraban reacias a buscar ayuda debido a su preocupación por la seguridad de los animales.

Distintas investigaciones han obtenido resultados que apoyan estas conclusiones. Carlisle-Frank, Frank y Nielsen (2004) constataron que, en los contextos de violencia de pareja, la caza parece estar relacionada con la violencia dirigida a las mascotas de la familia. En su estudio, entre las parejas agresoras, el 52% que maltrataba a sus mascotas también cazaba, frente a solo el 11% que tenía mascotas y no incurrió en esta forma de maltrato.

Por otra parte, una investigación con jóvenes constató que los varones que cazaban tenían 2 veces más probabilidades que los no cazadores de haber perpetrado actos ilegales de crueldad contra animales callejeros y salvajes y también de haber dañado o destruido propiedad privada (Flynn, 2002).

Algunos estudios también han documentado que algunas personas exponen intencionalmente a sus hijos al maltrato de mascotas para reforzar su participación en la caza (ej. Herzog & Borghardt, 1988), lo que podría comportar el maltrato psicológico del menor de edad, especialmente si este siente apego por el animal. Distintas investigaciones han detectado asimismo una relación entre la caza con prácticas habitualmente consideradas ilegales y la violencia hacia personas (ej. Green, 2002; Hutchinson & Dalke, 2011). Green halló que los cazadores que utilizan reflectores para cegar y paralizar a animales tenían casi el doble de la tasa de delitos violentos y casi tres veces la tasa de delitos contra la propiedad que el grupo de la comunidad. (Green, 2002).

Diversos autores han argumentado, asimismo, que la narrativa de la cultura de la caza y el “jugar a predador” favorece una cultura patriarcal en la que la masculinidad es definida como agresiva, poderosa y violenta, apoyando una lógica de dominación, al mismo tiempo que el mundo natural se retrata como un objeto disponible para la explotación, lo que puede reforzar las nociones que se han revelado como perjudiciales para la relación naturaleza/cultura (Mallory, 2001; Kalof, Fitzgerald & Baralt, 2004). De hecho, la evaluación psicométrica de las actitudes sobre la caza reveló que las puntuaciones para la agresión física se correlacionaron significativamente de manera positiva con las actitudes de aprobación hacia la caza y, en el caso de los hombres, con la agresión instrumental (Wilson & Peden, 2015).

Los hallazgos de estos estudios que se han enfocado en las culturas que propician el maltrato coinciden con el amplio cuerpo de investigaciones que han constatado la existencia de una asociación entre el maltrato animal y la violencia interpersonal y otras conductas antisociales (ej. Gullone, 2012, Hoffer et al., 2018; CoPPA MCD/ESP/VMA 02 2019). Estos estudios ponen de manifiesto que los procesos implicados en el desarrollo de conductas agresivas también deben abordarse a un nivel más amplio, comunitario y social.

De hecho, la exposición a la violencia es un riesgo reconocido para la salud mental. Los niños y adolescentes son especialmente vulnerables a este riesgo, y ser expuestos a violencia, tanto en la familia como en la comunidad, tiene claros efectos perjudiciales y puede favorecer la aparición de una serie de problemas emocionales y conductuales (ej. Fowler et al., 2009; Finkhelhor et al., 2009; Edelson, 1999; Hurt et al., 2001).

Exponer a niños, niñas y adolescentes a espectáculos culturales y deportivos que exhiben violencia hacia animales pone en peligro no solo su salud mental sino que, en ocasiones, también su integridad física. Algunos niños expuestos a escenas impactantes de violencia hacia los animales pueden experimentar miedo, angustia y tristeza y pueden presentar síntomas de ansiedad, e incluso de estrés postraumático, con un impacto nocivo en su bienestar (McDonald et al., 2018; Girardi & Pozzulo, 2015; Richier, 2008).

Por otra parte, el ser testigo de repetidas escenas de agresiones y crueldad hacia animales, y más aún la participación en ellas, favorece la normalización de la violencia, la adquisición de actitudes que apoyan la agresión, la aparición de problemas y déficits de empatía y la insensibilización ante la violencia ejercida sobre los demás. Además, la exposición a estas prácticas violentas en edades tempranas aumenta el riesgo de conductas antisociales y comportamientos violentos, incluido el maltrato animal y la violencia interpersonal (Hensley et al., 2009; Hensley & Tallichet, 2005; Longobardi & Badenes-Ribera, 2018).

Diversas investigaciones han demostrado que la exposición a la violencia es un predictor del aumento de pensamientos violentos y de desensibilización ante la violencia. Por otra parte, también predice una mayor aceptación y aprobación de la conducta agresiva (ej. Anderson & Huesmann, 2003; Margolin & Gordis, 2000; Thompson & Gullone, 2006).

Asimismo, los procesos y mecanismos de neutralización y desconexión moral que suelen facilitar la participación y acompañar la defensa de estas prácticas violentas también pueden estimular el pensamiento proactivo criminal, lo que se ha vinculado con las expectativas de resultados positivos para el crimen y la violencia (Walters, 2007). De hecho, Walters (2019) halló recientemente que el maltrato a animales propicia un aumento de la desconexión moral, una faceta del pensamiento criminal proactivo, y la desconexión moral, a su vez, favorece futuras conductas delictivas.

Además, la implicación de los jóvenes en actividades de caza es especialmente preocupante, dado que en transcurso de estas prácticas coexiste también la aprobación explícita de esta violencia por parte de referentes, así como la atribución de status y/o recompensas a aquellos que perpetran la violencia. El niño puede adquirir conductas agresivas a través de la observación e imitación de referentes de su entorno. Cuando el niño se identifica con los modelos involucrados en la agresión, o cuando percibe que la conducta es recompensada o empoderadora, el comportamiento agresivo puede generalizarse y extenderse a otros contextos.

Así, y de acuerdo con la teoría de aprendizaje social (Bandura, 1973), los niños que son testigos recurrentes de estas practicas violentas pueden ser más vulnerables a modelar la agresión como un método efectivo y justificado de resolver un conflicto, o de obtener los fines que deseen.

Por lo tanto, la presencia de un padre u otro adulto acompañando a un menor de edad no puede proteger al menor de edad de los efectos perjudiciales de estar expuesto a la violencia de esta actividad. Más bien al contrario, la compañía de un referente cercano que manifiesta entusiasmo ante estos eventos podría incluso exacerbar el impacto nocivo sobre el menor de edad.

Aunque no todos los niños expuestos o implicados en actos de violencia contra animales desarrollarán necesariamente problemas de conducta, cuando la exposición a estas prácticas interactúa con características biológicas predictivas del desarrollo de una trayectoria de conductas antisociales, o cuando esta exposición se refuerza con otras experiencias adversas ambientales (como por ejemplo el acoso escolar o relaciones familiares conflictivas), el riesgo de desarrollar trastornos de conductas y comportamientos antisociales aumenta. Los factores de riesgo son acumulativos y el riesgo crece con la exposición a repetidos episodios y a distintos modelos de violencia.

Por otra parte, es importante recordar que la participación de los menores de edad en actividades como la caza pone en peligro su integridad física. La proximidad a animales heridos o aterrorizados, y por tanto especialmente peligrosos, o la proximidad a armas de fuego, especialmente en estos contextos inseguros donde el niño puede sentirse alentado a demostrar destreza o valentía ante otros, aumentan el riesgo de que pueda sufrir daños físicos.

Cada vez son más las voces autorizadas que, desde una perspectiva internacional, rechazan la exposición de los niños a la violencia. El Comité de los Derechos del Niño de la ONU ha expresado su preocupación por el uso de armas de fuego por menores de 18 años, lo que también tiene implicaciones para la participación de los menores de edad en actividades de caza. Los accidentes que se producen en la práctica de la caza dejan múltiples heridos y muertos cada año, entre los que, en ocasiones, se encuentran también menores de edad.

Referencias bibliográficas bajo solicitud a info@coppaprevencion.com.

[1] Coordinadora de Profesionales por la Prevención de Abusos (CoPPA), 2019. Violencia hacia animales y cultura de paz. En: Fundación Franz Weber, informe del Ministerio de Cultura y Deporte, 2019. Actividades culturales y deportivas con animales: defensa de los animales y cultura de paz. Ministerio de Cultura y Deporte de España, AcDa. pp. 44-64. Autora: MVE.

[2] INTERcids, Operadores jurídicos por los animales, AADA (Abogacía Andaluza por la Defensa Animal) y LIBERA! Asociación Animalista. 

 

 

 

 

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