El padre regaló a su hijo un rifle de diábolos y el chico de 11 años salió a practicar al jardín disparando a pajarillos y ardillas. Un gato se atraviesa en el camino y su amigo le pide que le dispare, los chicos dejaron al gato herido en la calle. El padre nunca se enteró de lo que su hijo hizo, ni valoró el mensaje que le mandaba al entregarle un arma. Una mujer que se siente sola poco a poco va coleccionando gatos, el problema es que su edad y situación económica le impiden alimentarlos adecuadamente; llega el punto en que ella ha coleccionado, como si fueran objetos, a 53 felinos a quienes permite salir a comer basura a falta de alimento, los vecinos se quejan pero no hay autoridad que responda.

Son miles los casos de violencia contra animales que presenciamos todos los días en México, pero de vez en cuando uno vuelve a llamar al atención de los medios. Esta semana fue el caso del veterinario y servidor público del Estado de México, Mario Aguilar, quien mantenía en cautiverio y bajo tortura a casi 50 perros de diversas razas. Los vecinos habían denunciado en diversas ocasiones a este maltratados de canes, pero la autoridad nunca respondió. Lo hizo hasta que Vanessa Bauche, la actriz y columnista de Sin Embargo MX reveló la brutalidad del sujeto. Las autoridades han fijado una multa de 53 mil pesos a Aguilar, y en las redes sociales se exige que se le despida de su empleo como servidor público y se le juzgue penalmente.

Mucha gente se pregunta ¿Qué podemos hacer para evitar el maltrato animal? Para comenzar hay que mapear la realidad mexicana. Hay en el país un promedio de entre 3 a 5 perros en situación de abandono callejero por cada habitante. Hay una perrera municipal por cada uno de los 2,435 municipios del país. Pero una tercera parte carece de presupuesto y no tiene más que un empleado responsable, convirtiéndolas así en una especie de centro de tortura, maltrato animal y canicidio.

Las perreras fueron creadas originalmente en México como parte de las campañas sanitarias de control antirrábico, considerando a los perros y gatos como una peste dañina para los seres humanos. Poco a poco y gracias a décadas de un inmenso esfuerzo de miles de activistas por los derechos de los animales, en diversos estados de la República las perreras se han ido transformando en Unidades de Bienestar Animal o Centros de Control Canino y Felino (aunque la mayoría siguen siendo un patíbulo antes de la muerte inducida para animales que no son adoptados). Como muchas instituciones en México, a falta de una ley adecuada cada municipio responde a reglamentos municipales que son tomados en cuenta arbitrariamente, es decir, dependerá de la sensibilidad y amor a los animales de cada responsable de delegación o alcaldía para que la Unidad funcione protegiendo a los animales y no maltratándolos.

Son miles las anécdotas de crueldad en las perreras municipales, hace unos meses la organización ADAY denuncio que en la perrera de Mérida los perros estaban abandonados a su suerte y había canibalismo por hambruna. Como el encargado daba por hecho que estaban allí para eventualmente morir, decidió no alimentarlos ni darles agua limpia. Lo mismo sucede en varios municipios. Pero sí hay forma de erradicar esas malas prácticas.

La agresión maligna hacia los animales forma parte de una cadena de violencia que comienza en el hogar. Está comprobado que en un hogar donde se maltrata a los animales es seguro que también existe violencia intrafamiliar. Así como se ha avanzado en evidenciar el daño y costo social de la violencia en el ámbito familiar, se necesita crear una ley integral para la protección y defensa de los animales, no como ahora está, subrogada a una ley general de protección al medio ambiente. En Perú, la ley 27265 decretó de interés nacional la protección a todas las especies de animales domésticos. Integra la prevención de la violencia hacia los animales con programas educativos y no exime de responsabilidad penal a quienes ejercen agresión maligna hacia los animales; incluyendo a los responsable de las perreras.

Lo interesante de esta ley es que además contempla la colaboración del estado con las organizaciones de la sociedad civil que en realidad son quienes llevan a cabo el trabajo más adecuado en la protección animal, en particular de perros y gatos.

Aunque efectivamente insistir en los castigos penales en nuestro país significa poca cosa y no es suficiente, resulta indispensable integrar el bienestar de los animales domésticos en los códigos de procedimientos penales de todo el país, por la simple razón de que esto proveería de instrumentos a la policía preventiva para entrar en hogares e instalaciones privadas cuando, como en el caso de Aguilar en el Estado de México, la gente denuncie y evidencie violencia. En ese sentido una ley apropiada debe contemplar claramente el papel que juegan los animales en los experimentos de laboratorio, y de carácter no negociable debe incluir un presupuesto asignado a la mejora de las instalaciones y en el desarrollo de un manual de procedimientos profesionales para la adecuada atención, manejo y cuidado de los animales en los Centros de bienestar animal. Esto debe incluir, como en otros países, la posibilidad de que sean organizaciones de la sociedad civil quienes manejen o supervisen estas instalaciones con sistemas de co-inversión social, y la participación directa de cada presidencia municipal para promover las adopciones de perros y gatos, así como para la creación de centros de entrenamiento de perros para acompañamiento de personas con necesidades especiales, (como invidentes y personas de la tercera edad). Si los ayuntamientos involucraran a las grandes productoras de alimentos para perros y gatos tendrían mayor co-inversión. Las perreras fueron creadas originalmente para deshacerse de los perros y gatos como una peste, para matarlos de maneras crueles e inhumanas en espacios cerrados, sin testigos. En el Siglo XXI debemos erradicar por completo esa visión y crear una filosofía de Estado que promueva la salud y la no violencia. Porque ahora tenemos evidencia clara de que estas agresiones inhumanas son parte de una cadena infinita de malos tratos de comienzan con el desprecio a la naturaleza, sigue con los animales y termina indefectiblemente en las personas. Los Derechos Humanos y los Derechos de los Animales están vinculados, si comprendemos eso podremos evitar más historias de horror y crueldad.

Fuente: http://www.sinembargo.mx/opinion/27-09-2012/9773